martes, 24 de noviembre de 2015

El kimono o vestimenta tradicional japonesa

   Si alguien nos pregunta qué es un kimono, seguro que no tendremos problemas para responder que es la vestimenta tradicional japonesa, y mal encaminados no vamos. Pero la realidad es más compleja que todo esto.

   Antes de clasificar los diferentes tipos de kimono, que ya lo haremos, y antes también de aprender a distinguirlos tenemos que fijarnos en una primera distinción, entre lo que se llama yofuku, o ropa occidental, y wafuku, o ropa autóctona. Hoy en día son estos dos términos los que se usan en Japón para distinguir la ropa occidental de la tradicional, no el término kimono.

   De hecho, la palabra japonesa kimono es un término moderno que data de la Restauración de Meiji (moderno para lo tradicional que es este tipo de vestimenta, claro, que estamos hablando de finales del siglo XIX), y cuyo significado cubre cualquier tipo de vestimenta, como podemos entender si vemos cómo se escribe en japonés, 着物, ya que es una palabra compuesta por dos ideogramas. Empezamos por el final, (mono), que significa literalmente “cosa”, mientras que el primero, (ki), es la abreviatura de kiru, que significa “vestir”. Por tanto la palabra kimono significa “cosas que se visten” o simple y llanamente, “ropa”. Pero no debemos equivocarnos, porque naturalmente no toda la ropa es un kimono.



   Cuando los occidentales recién llegados a Japón en aquel periodo de apertura preguntaron a los japoneses por su estilo nativo de vestimenta, estos contestaron usando la palabra “kimono”. Hasta ese momento los japoneses no habían acuñado ninguna palabra para definir su manera tradicional de vestir, así que contestaban diciendo que lo que vestían era ropa, ni más ni menos, porque no tenía un nombre especial.

Vistiendo a la manera tradicional


   Existen muchísimos tipos de kimonos, con detalles que pueden hacer referencia a la región en la que se confeccionaron, a la edad y clase social de la persona que lo lleva, a la ocasión en la que se viste, a la estación del año, etc. Realmente es un mundo más complejo de lo que parece a simple vista.

   Cuando se decide vestir a la manera tradicional, es decir, con kimono, obi y todo el resto de complementos (y habéis acertado, hablaremos de ellos en un futuro) hemos de tener en cuenta una serie de consideraciones. Lo primero de todo es cómo vestir el kimono, ya que no es tan fácil como parece.

  Larga vida a la vestimenta tradicional


   La occidentalización de Japón trajo grandes cambios al mundo en el que el kimono y el resto de accesorios eran una parte perfectamente integrada. Un kimono estaba diseñado para una mujer típicamente japonesa, con cintura ancha, caderas estrechas y poco pecho, y además acentuaba las partes del cuerpo femenino que el estándar japonés consideraba las más sensuales: el cuello, los tobillos y las caderas.



  Hoy en día, sin embargo, el ideal estético se ha adaptado al estilo occidental: se prefieren las caderas anchas, la cintura estrecha y largas piernas, y un pecho voluminoso, justamente las partes del cuerpo que un kimono esconde. Este hecho, combinado con el cada vez mayor uso de mobiliario occidental, hace que los kimonos cada vez se vean menos por la calle. Sin embargo, para las ocasiones más formales, sigue habiendo mujeres que usan el tradicional kimono. Además, las geishas siguen manteniendo la costumbre de vestir el kimono a diario, y siguen siendo innovadoras en lo que a tendencias de moda relacionadas con el kimono se refiere.

Otro motivo que hace que sólo las geishas sigan usando kimonos de forma frecuente es su alto coste, y es que aunque los hay de precios muy variados, los buenos kimonos cuestan muchísimo dinero y ellas son de las pocas que se los pueden permitir en su día a día, porque es una herramienta más en su trabajo.

  Eso sí, son una gran inversión ya que nunca pasan de moda y apenas necesitan modificaciones cuando el paso de los años se deja notar en la cintura o caderas de la mujer. De esta manera, los kimonos se pueden heredar sin ningún tipo de problemas.

  Vestir un kimono, en definitiva, es una parte muy importante de lo que significa ser japonés, por lo que nunca llegará a desaparecer del todo, por más que su uso se restrinja a ocasiones muy especiales o al mundo de la flor y el sauce.

Mitología Japonesa

El nacimiento del Japón


   En el principio, tras la formación del cielo y de la Tierra, tres dioses se crearon a sí mismos y se escondieron en el cielo. Entre este y la Tierra apareció algo con aspecto de un brote de junco y de él nacieron dos dioses, que también se escondieron. Otros siete dioses nacieron de la misma manera, y los últimos se llamaron Izanagi e Izanami.

  Izanagi e Izanami fueron encargados por los demás dioses de formar las islas japonesas. Estos hundieron una jabalina adornada con piedras preciosas en el mar inferior, la agitaron y al sacarla, las gotas que de ella resbalaban formaron la isla de Onokoro. Descendiendo de los cielos, Izanagi e Izanami resolvieron construir allí su hogar, así que clavaron la jabalina en el suelo para formar el Pilar Celestial.



   Descubrieron que sus cuerpos estaban formados de manera diferente, por lo que Izanagi preguntó a su esposa Izanami si sería de su agrado concebir más tierra para que de ella nacieran más islas. Como ella accedió, ambos inventaron un matrimonio ritual; cada uno tenía que rodear el Pilar Celestial andando en direcciones opuestas. Cuando se encontraron, Izanami exclamó: “¡Qué encantador! ¡He encontrado un hombre atractivo!”, y a continuación hicieron el amor.

  En lugar de parir una isla, Izanami dio a luz a un malforme niño-sanguijuela al que lanzaron al mar sobre un bote hecho de juncos. Después se dirigieron a los dioses para pedir consejo y estos les explicaron que el error estaba en el ritual del matrimonio, ya que ella no debía de haber hablado primero al encontrarse alrededor del Pilar, pues no es propio de la mujer iniciar la conversación. Así pues, ambos repitieron el ritual, pero esta vez Izanagi habló primero, y todo salió según sus deseos.

  Con el tiempo, Izanagi concibió todas las islas que forman el Japón, creando, además, dioses para embellecer las islas y después hicieron dioses del viento, de los árboles, de los ríos y de las montañas, con lo que su obra quedó completa. El último dios nacido de Izanami fue el dios del fuego, cuyo alumbramiento produjo tan graves quemaduras en los genitales de la diosa que esta murió. Y todavía, mientras moría, nacieron más dioses a partir de su vómito, su orina y sus excrementos. Izanagi estaba tan furioso que le cortó la cabeza al dios del fuego, pero las gotas de sangre que cayeron a la Tierra dieron vida a nuevas deidades.

El más allá


  Tras la muerte de Izanami, Izanagi quiso seguirla en su viaje a Yomi, la región de los muertos, pero ya era demasiado tarde. Cuando llegó allí, Izanami ya había comido en Yomi, lo que hacía imposible su vuelta al mundo de los vivos. La diosa pidió a su esposo que esperase pacientemente mientras ella discutía con los demás dioses si era o no posible su retorno al mundo, pero Izanagi no fue capaz; impaciente, rompió una punta de la peineta que llevaba, le prendió fuego, para que le sirviese de antorcha y después entró en la sala. Lo que vio allí fue espantoso: los gusanos se retorcían ruidosamente en el cuerpo putrefacto de Izanami.

   Izanagi quedó aterrado al contemplar la visión del cuerpo de Izanami, por lo que dio media vuelta y salió huyendo de allí. Encolerizada por la desobediencia de su marido, Izanami envió tras él a las brujas de Yomi y a los fantasmas del lugar, pero Izanagi pudo despistarlos haciendo uso de sus trucos mágicos. Cuando por fin llegó a la frontera que separa el mundo de los muertos del de los vivos, Izanagi lanzó a sus perseguidores tres melocotones que allí encontró, retirándose las brujas y fantasmas a toda prisa.

  Finalmente, fue la propia Izanami quien salió en persecución de Izanagi. Este colocó una gigantesca roca en el paso que unía Yomi con el mundo de los vivos, de modo que Izanami y él se vieron uno a cada lado del enorme obstáculo. Izanami dijo entonces: “Oh, mi amado marido, si así actúas haré que mueran cada día mil de los vasallos de tu reino”, a lo que Izanagi contestó “Oh, mi amada esposa, si tales cosas haces yo daré nacimiento cada día a mil quinientos”. Finalmente llegaron a un acuerdo, mediante el cual la cifra de nacimientos y fallecimientos se mantienen en la misma proporción. Ella le dijo que debía aceptar su muerte y él prometió no volver a visitarla. Entonces ambos declararon el fín de su matrimonio. Esta separación significó el comienzo de la muerte para todos los seres.

La creación de los dioses mayores


  Izanagi se sometió entonces a un proceso de purificación para librarse de la suciedad que pudiera haber contaminado su cuerpo durante el descenso al mundo inferior. Llegó a la llanura junto a la desembocadura del río y se libró de sus ropas y de todo cuanto llevaba. Y allí donde dejaba caer una prenda o un objeto, del suelo salía una deidad. Y nuevos dioses se iban creando a medidad que Izanagi entraba en el agua para limpiar su cuerpo. Finalmente, cuando lavó su cara fueron creados los dioses más importantes del panteón japonés; Al secar su ojo izquierdo apareció Amaterasu, la diosa Sol; de su ojo izquierdo nació la diosa Luna, Tsuki-yomi; el dios de la tormenta, Susano, fue engendrado de su nariz.



  Izanagi decidió entonces dividir el mundo entre sus hijos. Encargó a Amaterasu el gobierno del cielo, a Tsuki-yomi el de la noche y a Susano el cuidado de los mares. Pero este último dijo que prefería ir al mundo inferior con su madre, así que Izanagi lo desterró y después se retiró del mundo para vivir en el alto cielo.

El engaño de Susano


   Antes de ser desterrado a Yomi, Susano quiso despedirse de Amaterasu, pero en realidad quería traicionarla ya que estaba celoso de la belleza y preeminencia de su hermana. Amaterasu, recelosa de la actitud de su hermano, se armó con un arco y flechas antes de acudir a la cita, pero Susano se mostró realmente encantador y acabó cautivando a la diosa con la sugerencia de engendrar hijos juntos como prueba de buena fe. Amaterasu accedió, pero antes exigió que le entregase su espada, que inmediatamente quebró con su boca en tres pedazos, mientras de su aliento salían tres diosas. Susano pidió a Amaterasu cinco collares, los cuales masticó para engendrar otros tantos dioses.

   Al momento se entabló una discusión entre ambos por la custodia de los hijos, pues Amaterasu los reclamaba como suyos al haber sido formados de sus propias joyas. Su hermano, sin embargo, creyó haber engañado a la diosa y lo celebró rompiendo las paredes que contenían los campos de arroz, bloqueando los canales de irrigación y defecando en el templo donde había de celebrarse el festival de la cosecha. Su desconcertante comportamiento es el germen de la enemistad que nació entre los dos dioses. Susano, a pesar de haber sido desterrado, se quedó merodeando por la Tierra y el cielo.

La desaparición del sol


   Un día, mientras Amaterasu se encontraba tejiendo ropas para los dioses, Susano arrojó un caballo desollado que atravesó el tejado de la sala en la que la diosa y sus ayudantes trabajaban. Una de ellas se asustó de tal modo que se pinchó con la aguja y murió. Y tan atemorizada quedó la propia diosa que después de aquello se escondió en una cueva y bloqueó la entrada con una enorme piedra. Sin la diosa Sol, el mundo quedó sumido en la oscuridad y el caos.



   Una asamblea de ochocientas deidades se reunió para hallar la manera de sacar a Amaterasu de la cueva. Decidieron que la única manera de lograrlo sería excitando su curiosidad, así que decoraron un árbol con ofrendas y joyas, encendieron fuego y danzaron al ritmo de los tambores y alabaron la belleza de otra diosa, para provocar sus celos. Colocaron un espejo mágico a la entrada de la cueva, llevaron gallos al lugar para que cantaran y persuadieron a la diosa de la aurora, Amo No Uzume, para que bailara. En un momento de abandono, la diosa empezó a quitarse las ropas, para solaz del resto de los dioses, que la llamaron “terrible hembra del cielo”.

   Como esperaban, Amaterasu se asomó a la entrada de la cueva para averiguar qué estaba sucediendo. Los dioses respondieron que estaban celebrando una fiesta porque habían encontrado a su sucesora y que esta era incluso mejor que la propia Amaterasu. Sin pensarlo, la diosa salió de la cueva y vio su reflejo en el espejo mágico. En ese momento, el dios Tajikawa la agarró, obligándola a salir de su escondite y bloqueando la entrada para impedir que volviera a desapareer. La vida volvió a la naturaleza y desde aquel momento el mundo ha conocido el ciclo normal del día y la noche. El espejo fue confiado al mítico primer Emperador de Japón, descendiente directo de la diosa, como prueba de su divino poder.

   Los ochocientos dioses castigaron a Susano cortando su barba y bigote, arrancándole las uñas de las manos y los pies, y arrojándole del cielo. Fue entonces cuando el dios comenzó su vida errante y vagabunda por la Tierra.

  Como vemos, los mitos de la creación de Japón hacen referencia directa a un buen número de deidades y tienen su origen en antiguas religiones folclóricas de la región. Por muy importantes que sean, los dioses del Sol, la Luna y las estrellas no están solos en los cielos. A ellos se une un enorme número de espíritus menores de ancestrales raíces, los kami, los budas y los bodhisattvas, todos ellos conviviendo pacíficamente.